Cuando amas a alguien intentas verlo feliz por todos los medios. Se lo demuestras con un abrazo, un beso, una llamada inesperada, un beso de buenas noches, un mensaje de buenos días. Consideras que sus problemas son los tuyos haciéndole saber que necesitas saber todo lo que pasa por su cabecita. Cuando amas a alguien adoras cada detalle de su piel, cada lunar, cada poro de su piel. Y además se lo haces saber, es algo que te sale sólo. Es algo inevitable, creo incontrolabe. Y es verdad éso que dicen de que amas hasta sus defectos, yo mejor que nadie lo sé. Amé cada desprecio, cada beso que no me dio, cada te quiero que no quedó respondido. Amé hasta cuando le decía después de días sin vernos que lo echaba de menos y él ni si quiera se inmutaba. Lo amé, lo amé tan profundamente que dolió en el alma. Sobretodo cuando soltó mi mano para agarrar la suya. Éso sí que doli-ó. Y todavía duele.

Porque lo soy todo cuando estoy contigo.

Sí. Hoy he vuelto a recordar por qué te amo. Hoy volví a perderme entre tus brazos. He vuelto a sentir tu piel rozando mi piel. Volví a oler el aroma de tu piel. Único, así es. Por un rato mis pupilas volvieron a ser el reflejo de las tuyas. Y juro que podría haber detenido el tiempo en ese preciso instante en el que mirabas mis labios con ansias de besarlos. Has vuelto a abrazarme. Fuerte como solías hacerlo, como sólo tú sabes hacerlo.. Pero ya no volverán las golondrinas como en el poema de Bécquer. Esta vez no habrá segundas partes. Dicen que nunca fueron buenas...